Se perforó el pozo, llegó el agua y el jardín cobró vida al instante.
El jardín seguía siendo el mismo, pero todo cambió el día que se terminó el pozo. Antes, estaba vacío, lleno de basura en los rincones, la tierra seca y pálida, y unas pocas verduras marchitas apenas se aferraban a la vida. Caminando de un lado a otro, siempre sentías que faltaba algo; no algo físico, sino esa energía vibrante.
La máquina funcionó todo el día, la varilla de perforación descendiendo lentamente. En el momento en que el agua clara brotó de la tubería, te agachaste y recogiste un puñado. Fresca, dulce, no te importó que te salpicara. El agua fluyó al huerto a través de una zanja improvisada, bebiendo profundamente de la tierra reseca, y las verduras marchitas se enderezaron lentamente. Te quedaste allí observando, y de repente, una sensación de claridad llenó tu corazón.
Al día siguiente, comenzaste a trabajar. Conectaste las tuberías, llevando agua a cada hilera de plantas. Sembraste las semillas, plantaste las plántulas y las regaste abundantemente. En cuestión de días, brotaron brotes verdes de la tierra, los pepinos empezaron a trepar por el enrejado y los tomates florecieron. Lo primero que hacías cada mañana era ir al pozo, abrir la válvula y observar cómo el agua caía a borbotones en la tierra, escuchando cómo las plántulas la tragaban.
Los vecinos que pasaban siempre se detenían a echar un segundo vistazo. «Tu jardín es digno de admirar ahora», decían. Sonreías, sabiendo perfectamente que no era solo el jardín lo interesante, sino el agua que traía vida. Las gallinas, con agua para beber, cantaban felices; las verduras, con agua para regar, crecían rápidamente; y tú, con agua para usar, tenías la energía para hacerlo todo.
El día que se cavó el pozo, lo que fluía por el jardín no era solo agua, sino la vibrante energía de la vida que renacía.
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